Teph
Un
chico y una chica caminaban por la playa, ambos vestidos de blanco, cogidos de
la mano. Eran felices y reían. Tal vez por todo, tal vez por nada. Sus voces apenas
se oían, distorsionadas por el rugido de las olas. La imagen era muy clara, y
podía verlo todo con detalle. No sabía si me encontraba en la playa como si
fuera una persona o como una conciencia, pero era agradable. Avancé, no se
cómo, sintiendo la arena bajo mis pies y el olor a salitre impactando en mi
cara, y seguí a la pareja. Hablaban de cosas sin importancia: La lavandería
estaba hasta los topes, la casa necesita una reforma, ¿has aprobado?, si, pero
fallé en una pregunta muy tonta, la tarjeta no funcionaba, se la pasare a mi
hermana, ella sabe de estas cosas, podríamos ir a la costa de vacaciones, sería
fantástico...
Traté de seguirlos, pero cuando di un paso
más, choqué contra algo. No sé lo que era exactamente, pero era una especie de pared
invisible. Intenté pasar otra vez, pero fue inútil. Tras muchos intentos, me di
por vencida, pero, observé atónita cómo la pareja se encontraban al otro lado del
muro transparente, sin darse cuenta del bloqueo. Intenté pasar con ellos, pero
al chocar de nuevo contra la pared, esta se fragmentó. No es que se rompiera la
pared en sí, sino que la imagen se rompió en mil pedazos, como un cristal. Caí
en una oscuridad inmensa. Sentí miedo, un miedo que no había experimentado
antes. Oí la risa de una mujer, o de un hombre, no lo recuerdo. Era una voz
espeluznante, pero aterciopelada y muy atrayente. Decía palabras en latín y en
un idioma muy extraño, entre francés con un silbido muy peculiar en las eses. Me
tapé los oídos y cerré los ojos con fuerza para huir de la voz, que hacía que
mi miedo aumentara con intensidad. Grité, lloré, traté de despertarme, pero
todo era inútil. La voz seguía gritando palabras mientras escalofríos recorrían
mi espina dorsal. Empecé a respirar con dificultad. El pecho me dolía al inspirar.
Sin darme cuenta de lo que, no me fijé en como algo plateado surgía de la nada
y se hundía en mi piel. Un cuchillo. Sentí el dolor y el frío del metal
perforándome la piel. Sentí como si algo me corrompiera por dentro a través de
la herida. Mis sentidos se nublaron y empecé a caer al vacío mientras la voz
seguía diciendo las mismas palabras una y otra vez...
Me desperté empapada en sudor frío y casi
pegando un grito. Cerré los ojos. Que horror. No podía creer lo que me había
pasado. Me habían apuñalado, y lo peor es que lo había sentido con toda
claridad. Había sido doloroso. Y muy real. Me pasé la mano por la zona de la
puñalada y apreté. Sentí una punzada de dolor y se me escapó un gemido. Me
dolía como si alguien me hubiera clavado un cuchillo de verdad. Levanté la
camiseta del pijama y vi con horror, que de verdad tenía una cicatriz, larga y
rosada, atravesándome las tripas. Joder. ¿Cómo podía ser posible? Era impensable
que algo que había soñado se convirtiera en realidad. Estaba totalmente segura
de que ayer no me había golpeado con nada, y estas cosas no aparecen así como
así. Pero ahora mismo estaba demasiado aterrada como para pensar cómo demonios
una cicatriz de una puñalada te puede aparecer en el vientre, cuando, minutos
antes has soñado que te clavan un cuchillo. Y si alguien veía la cicatriz
fingiría que me había hecho un arañazo. Pero uno muy ancho. Y profundo.
Olvidándome de todo, miré el despertador.
Quedaban unos minutos antes de que sonara. Seguí dándole vueltas al asunto del
sueño. La cicatriz era imposible que me hubiera aparecido así por las buenas,
pero ya no sabía que creer, puesto que durante toda la semana había soñado
cosas inexplicables y que se hacían realidad. El lunes soñé que un engranaje de
cobre se partía en dos. Al día siguiente, Chapas de Cobre Viejo, un club al que
solía ir con Beth, cerró por quiebra. El jueves en cambio, vi como un espejo
con un corazón pintando con pintalabios negro se partía en pequeños trozos.
¿Consecuencia? Mi profesor de interpretación tuvo un paro cardiaco. Y hoy,
viernes, sueño que me clavaban un puñal en el vientre. No sé vosotros, pero había
decidido interpretar eso de forma literal y estar alerta para el resto del día.
Si al final de la jornada había sobrevivido, mi “poder” sólo sería una mera
coincidencia por los acontecimientos pasados durante la semana. Esperaba que
simplemente fuera eso.
Lo que sí que me estaba poniendo los pelos de
punta era que al principio de cada “premonición”, por así decirlo, soñaba
siempre con la misma escena de los dos chicos cogidos de la mano paseando por
la playa. No sabía lo que significaba, puesto que en mi curso no había ningún
chico pelirrojo, ni tan siquiera en toda la ciudad de Rover. Puede que nuestra
pequeña Rover no fuera muy grande, pero tampoco era como el Gatlin de Las Crónicas Caster. En Rover todo el
mundo conocía a todo el mundo. Sabías qué calles eran frecuentadas por qué
personas, y así podías evitar o elegir por las que pasar. Si te encontrabas con
alguien, este te conocía o tú le conocías a él. Si un cotilleo aparecía en la
ciudad, se extendía más rápido que la pólvora, más rápido incluso que en mi
instituto, el anticuado y destrozado Jeffrey Wilson.
Lo malo de la pequeña ciudad en la que vivía
era que no todo el mundo convivía con los vecinos. Rover tenía dos centros,
según a quién preguntaras. Por ejemplo, si preguntabas a la señora Astor, esta
te contestaría sin rodeos que estaba en la iglesia local. Si preguntabas a
cualquier chico de quince años te decía que estaba en la torre de plata. Llamaban
así al edifico de acero construido en mitad de Rover, que brillaba como si estuviera
construido de plata cuando le daba el sol en verano. Era un edificio de pisos
en el que había, mayormente, oficinas de empresas importantes o cosas así, pero
en el sótano habían montado un club llamado Éxtasis
de la Noche
muy frecuentado y muy exclusivo (aunque si lo hicieran más exclusivo nadie
entraría en el club). Yo vivía en ese edificio, en una de las plantas más
altas, y desde mi cuarto se podía ver toda la ciudad. El otro centro se trataba
de la iglesia de Rover, que estaba construida en el extrarradio, rodeada de
casitas y pequeñas tiendas como las de Hugh Blacksmith, un tipo odioso
propietario de una pescadería, frutería y carnicería que trataba de hacerle competencia
a un supermercado que se construyó en frente de sus pequeñas tiendecitas. Otra
muy famosa por ser la única tienda de ropa de la zona “creyente” por así
llamarla, era el taller de Jezebell, una ancianita encantadora que conseguía
hacer milagros con los hilos, arreglado incluso desgarrones del tamaño de una
mano.
Las casas que rodeaban a la iglesia eran
antiguas, en su mayoría hechas de madera. Beth, mi mejor amiga, tuvo la mala
suerte de vivir ahí, y su casa se caía a pedazos después de cada vendaval. La
gente reparaba los destrozos como podía, pero la mayoría se terminaba mudando a
algún apartamento del centro, para el gran en fado del Reverendo Porter, que
iba perdiendo más gente que asistía a su misa dominical. De establecimientos no
andaban mal: una tienda de segunda mano, bares pequeños, restaurantes de comida
rápida, cafeterías baratas con comida de calidad cuestionable y si sabías por
dónde moverte, tiendas que venden artículos de decoración para el hogar. Por el
centro, en cambio, empezabas a ver cosas más... modernas: un Starbucks por
aquí, un McDonalds por allá, tiendas de ropa de marca, papelerías, restaurantes
caros, bares modernos y supermercados con comida en buen estado. También había
una biblioteca que tenía bastantes más libros de los que me esperaba que
tuviera, un centro cultural en el que daban clases de teatro, dibujo, baile y
una academia de música un poco flojilla. Mi hermana mayor Kathleen hizo allí
los cinco años que te dejan estar y, como le gustó tanto, se apuntó para las pruebas
en el conservatorio de Manor City, una de las ciudades colindantes con Rover,
mucho más grande y bulliciosa. Yo no es que odiara Rover, pero desde que nos
mudamos, echo cada vez más de menos Londres. Lo que tengo pensado es terminar
aquí el instituto y en cuanto pueda, marcharme a Londres a estudiar teatro y,
tal vez, si tengo suerte, puede que me presente a Juilliard.
Un pitido proveniente de la mesilla me
sobresaltó. El despertador había sonado, y yo todavía no sabía quién podía ser
ese chico misterioso. Bueno, que le iba a hacer. Subí las persianas, observando
cómo mi habitación se llenaba de luz a cada tirón que daba. Las paredes se
volvían de color azul celeste, las fotos de mis amigos se iluminaban, la luz
rebotaba en las estanterías de madera blanca, como el resto del mobiliario,
llenas de libros y vinilos, los armarios, que tenían un cristal en la puerta
que daba a ver un montón de ropa de colores, brillaban ligeramente, el espejo
de cuerpo entero reflejaba la luz, cegándome los ojos y el dosel de mi cama de
madera blanca emitía pequeños destellos de luz azul, provocados por las cuentas
diminutas cosidas con sumo cuidado en la fina tela blanca, que contrastaba con
la funda del edredón azul eléctrico de la cama, simulando una especie de ola.
Me encantaba mi cuarto, aunque me habría encantado pintarlo de muchos colores.
Me relajaba mucho la visión de la habitación. Al fondo de la habitación, al
lado de la cama, había una cortina de una tela blanca más opaca que daba a mi
baño personal (imaginaos el pedazo apartamento en el que debería de vivir como
para que cada uno de nosotros nos pudiéramos permitir tener un baño), que era
del mismo color: Azul.
Me dirigí a los armarios y saqué una camiseta
roja con un dibujo de cuatro personas vestidos con ropas steampunk bajo las
palabras Fourth Blues, escrito en dorado, una falda de volantes negra y unas
medias de redecilla. No parecía que fuera a hacer malo. También cogí, en un
momento de inspiración, un cinturón enorme y abrí el zapatero para sacar unas
botas militares negras. Me despojé del pijama, me vestí, extendí un poco la
colcha de la cama y guardé el pijama bajo la almohada. Corrí la cortina de mi
baño y me miré al espejo: Tenía el mismo aspecto de cadáver de siempre, muy
útil en Halloween pero muy malo en verano. Piel pálida, ojos plateados,
ligeramente rasgados y pelo azabache, que me caía salvaje en unos bucles
enormes, pero que ahora estaba cubierto de mechas de todos y cada uno de los
colores inimaginables, lo que me daba un aspecto más salvaje del normal. Me
recogí el pelo en una coleta alta, dejando caer unos bucles rojos (tenía
demasiados) y alguno dorado (tenía demasiados pocos).
Bajé las escaleras a trompicones, hasta
dirigirme a la cocina, donde se oía a los informadores de la radio hablar sobre
los sucesos ocurridos últimamente:
“Y tras varios días investigando, la policía
sigue sin identificar al asesino de la pequeña de diez años hallada en su
cuarto, apuñalada. Este ya es el tercer homicidio que lleva a cabo con el mismo
modus operandi que los anteriores asesinatos. Conectamos con Patrick, que se
encuentra en la...”
-Maldita sea –oí murmurar a mi madre entre
dientes mientras apagaba la radio-. Estúpidos periodistas. Si te dicen
“apártate”, no hagas lo contrario. Puedes llevarte un balazo por error.
-¿Buenos días? –dije apareciendo por la
puerta.
-Hola cariño –dijo mi madre mientras me daba
un beso en la frente.
-Que hay Teph –me saludó mi hermano Will.
Le pegué un suave puñetazo en el hombro a
modo de respuesta. Mi hermano Will y yo no nos parecíamos en nada: Mientras que
yo parecía sacada de la película de La Novia Cadáver ,
el parecía un surfero de California: Pelo rubio, ojos azul oscuro, piel
ligeramente morena, musculoso, fuerte y carismático. Él se parecía más a papá y
yo más a mamá
-¿Hay novedades? –le pregunté a mi madre
mientras me dirigía a la nevera a coger un brick de leche.
-No muchas –resopló mi madre, dejándose caer
en la silla con una taza de café humeante entre las manos-. Las víctimas no
tenían ninguna relación entre ellas, y no hay nada raro en sus vidas: Marie Laurent
tenía diez años y no había roto un plato en su vida, Collin Davies tenía un par
de antecedentes por agresiones, pero había cumplido condena y ahora no había
hecho nada y Sam Allen era un abogado muy bueno que últimamente no le iba ni
bien ni mal, simplemente, ahí estaba.
-Vamos, que el caso va para cerrado –comentó
Will.
-Pues algo así –mustió mi madre enterrando la
cabeza entre las manos. El teléfono empezó a sonar, y ella salió disparada para
cogerlo. Seguramente fuera de la comisaría.
Oímos a mi madre discutir con alguien y de
fondo a mi padre maldecir desde su estudio. Otra vez alguien habría vuelto a
cagarla con las medidas de los planos, por lo que alcancé a oír.
-¿Cuánto tiempo lleva ahí encerrado? –le
pregunté a Will.
-Desde las cinco de la mañana –me dijo
mientras se untaba una tostada-. Anoche, cuando volví del concierto, serían las
doce y media o así, le oí mordisquear un boli entre los dientes. Creo que tiene
entre manos algo importante, porque no me ha dejado ayudarle, aún habiéndome
ofrecido más de un millón de veces.
-Ya verás como tendremos que quedarnos en
Rover –resoplé-. ¡Adiós Londres!
-Guarda esperanza Teph, es lo único que
podemos hacer –me contestó Will mientras engullía su tostada.
Desayunamos en silencio, mientras oíamos a mi
madre gritarle a alguien por el teléfono, y cuando ella dejaba de hacerlo, a mi
padre maldecir. Estaban en una época de estrés: Mi madre con un lío tremendo en
la comisaría por el triple asesinato, y sin ningún sospechoso y mi padre con un
trabajo supersecreto que lleva ya varias cagadas.
Metí los platos en el lavavajillas y subí las
escaleras, escuchando cómo mis padres lanzaban maldiciones a diestro y
siniestro. Cuando llegué a mi cuarto, cerré la puerta y me apoyé en ella. Me
dirigí a uno de los armarios, y con cuidado saqué un vinilo de Fourth Blues de
funda azul con filigranas plateadas y moradas en la que ponía The Magician con una caligrafía muy lograda. Abrí la funda,
saqué el LP y lo deposité en el tocadiscos. Con suavidad posé la aguja en una
parte del disco y la música tapó todos los ruidos de la casa. Mejor. La música
era para mí como entrar en un mundo alternativo. Mi mundo alternativo.
Deambulando por mi desordenado cuarto, cogí mi andrajosa y raída mochila, la
llené con los libros necesarios y entré en el baño. Abrí uno de los armarios y
saqué una barra de labios rojo mate, lápiz de ojos negro y una sombra de ojos
dorada. Cuando terminé, parecía que iba a una fiesta o algún tipo de concierto.
Los bucles sueltos me hacían cosquillas en la cara. Sonreí. Creo que por un
momento dejé de parecer un cadáver. Salí por la puerta del baño, quité con
delicadeza el vinilo, lo guardé en su funda y salí por la puerta, no sin antes
haber cogido el iPod y ponerme los cascos en los oídos.
Bajé de nuevo las escaleras, algo más
tranquila por no oír a mi padre maldecir y mi madre había dejado de hablar por
el teléfono. Ahora estaba con la mirada perdida en la cocina con un bote de
galletas delante de ella. No me acerqué a ella, por miedo a que la tomara
conmigo. Sólo cogí una bolsa de plástico transparente con la comida de hoy, me
despedí de mi madre con un “hasta luego”, cogí las llaves y salí de casa, aún
con los cascos del iPod en los oídos. I’ve
been walking in the same ways, cantaba Adele. He estado caminando en las mismas direcciones, repetía yo en mi
cabeza.
Llamé al ascensor y pulsé el botón del
vestíbulo. Cuando llegué al hall, vi a través de la puerta el pequeño Ford azul
de Will. Salí a la calle.
-¿Te llevo algún lado forastera? –me preguntó
mi hermano por encima del ruido del motor.
-No grites tanto, no quiero que sepan que
eres mi hermano –le dije en tono de broma mientras entraba en el coche.
-¡Oh! Me ofendes Teph, ya no podré confiar en
ti –dijo con una pose teatral.
-Venga, arranca –le corté abrochándome el
cinturón.
Will pisó el acelerador y nos dirigimos al
instituto. Mientras, yo le seguía dando vueltas al asunto de la cicatriz. Daba
escalofríos. Aparté el pensamiento de mi mente y saqué un libro del fondo de mi
mochila, pero en cuanto intenté leer un par de líneas, lo cerré y lo apoyé en
mi regazo. No me apetecía leer.
-¿Te pasa algo? –me preguntó Will.
-¿Hum? –mustié yo distraída.
-Cómo no vas leyendo –comentó mi hermano.
-Es que no sé qué puede pasar con los
asesinatos –dije mientras me apoyaba en el salpicadero y enterraba la cabeza
entre las manos-. Absorbiendo toda la energía de mamá. Y lo mismo con el
proyecto de papá.
-Si, la verdad es que no sé que tiene de
importante –asintió Will-. Vale que el caso de mamá sea difícil, pero sabes que
la hemos visto en situaciones peores.
Era cierto. Una vez, robaron en una tienda de
Rover, y al dueño le pegaron un balazo. Estuvieron investigando durante meses,
puesto que había un montón de sospechosos. Nuestra madre se pasaba las noches
en vela delante del expediente del caso sin que nada se le ocurriera. Al final,
resultó ser que el propio dueño de la tienda había fingido su propio robo en la
tienda y así cobrar el seguro. Para rematarlo se había pegado un tiro para
fingir que le habían disparado, pero la cagó y se desangró antes de que
llegaran los de emergencias.
-¿No le has echado un ojo al plano del
proyecto? –le pregunté a Will levantando la vista.
-Lo llevo intentando durante toda la semana,
pero papá no se separa del maldito plano –suspiró mi hermano-. Creo que incluso
se baña con él.
Una fugaz imagen de mi padre duchándose en el
baño, lanzándole miradas furtivas al tubo dónde guardaba el plano, apoyado en
la pared del baño. Sonreí.
-Tal vez debamos esperar a ver cómo
evoluciona el caso de mamá, y seguro que papá terminará tarde o temprano el
proyecto de papá estará finalizado, ya lo verás –me consoló Will.
-Eso espero –murmuré.
Mi madre, luchadora y fuerte, que entró en el
cuerpo de policía antes de que ella y mi padre se conocieran. Era una versión
segura y valiente de mí: pelo azabache y ojos plata. Piel pálida, casi blanca,
y sonrisa fácil.
Y mi padre, paciente y seguro, llevaba
trabajando en la arquitectura desde muy joven, que conoció a mi madre porque le
detuvo por error. El era como Will (pelo rubio y ojos azules oscuros), aunque
algo más paciente, y no era normal que perdiera los nervios por un proyecto.
Detallista, cuidadoso y simpático.
No sé lo que le pasaba a ninguno de los dos,
pero no estaba segura que Will tuviera razón. Nunca les había visto así.
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