jueves, 17 de mayo de 2012

Capítulo 1: Una premonición (1era parte)


Teph

Un chico y una chica caminaban por la playa, ambos vestidos de blanco, cogidos de la mano. Eran felices y reían. Tal vez por todo, tal vez por nada. Sus voces apenas se oían, distorsionadas por el rugido de las olas. La imagen era muy clara, y podía verlo todo con detalle. No sabía si me encontraba en la playa como si fuera una persona o como una conciencia, pero era agradable. Avancé, no se cómo, sintiendo la arena bajo mis pies y el olor a salitre impactando en mi cara, y seguí a la pareja. Hablaban de cosas sin importancia: La lavandería estaba hasta los topes, la casa necesita una reforma, ¿has aprobado?, si, pero fallé en una pregunta muy tonta, la tarjeta no funcionaba, se la pasare a mi hermana, ella sabe de estas cosas, podríamos ir a la costa de vacaciones, sería fantástico...
Traté de seguirlos, pero cuando di un paso más, choqué contra algo. No sé lo que era exactamente, pero era una especie de pared invisible. Intenté pasar otra vez, pero fue inútil. Tras muchos intentos, me di por vencida, pero, observé atónita cómo la pareja se encontraban al otro lado del muro transparente, sin darse cuenta del bloqueo. Intenté pasar con ellos, pero al chocar de nuevo contra la pared, esta se fragmentó. No es que se rompiera la pared en sí, sino que la imagen se rompió en mil pedazos, como un cristal. Caí en una oscuridad inmensa. Sentí miedo, un miedo que no había experimentado antes. Oí la risa de una mujer, o de un hombre, no lo recuerdo. Era una voz espeluznante, pero aterciopelada y muy atrayente. Decía palabras en latín y en un idioma muy extraño, entre francés con un silbido muy peculiar en las eses. Me tapé los oídos y cerré los ojos con fuerza para huir de la voz, que hacía que mi miedo aumentara con intensidad. Grité, lloré, traté de despertarme, pero todo era inútil. La voz seguía gritando palabras mientras escalofríos recorrían mi espina dorsal. Empecé a respirar con dificultad. El pecho me dolía al inspirar. Sin darme cuenta de lo que, no me fijé en como algo plateado surgía de la nada y se hundía en mi piel. Un cuchillo. Sentí el dolor y el frío del metal perforándome la piel. Sentí como si algo me corrompiera por dentro a través de la herida. Mis sentidos se nublaron y empecé a caer al vacío mientras la voz seguía diciendo las mismas palabras una y otra vez...
Me desperté empapada en sudor frío y casi pegando un grito. Cerré los ojos. Que horror. No podía creer lo que me había pasado. Me habían apuñalado, y lo peor es que lo había sentido con toda claridad. Había sido doloroso. Y muy real. Me pasé la mano por la zona de la puñalada y apreté. Sentí una punzada de dolor y se me escapó un gemido. Me dolía como si alguien me hubiera clavado un cuchillo de verdad. Levanté la camiseta del pijama y vi con horror, que de verdad tenía una cicatriz, larga y rosada, atravesándome las tripas. Joder. ¿Cómo podía ser posible? Era impensable que algo que había soñado se convirtiera en realidad. Estaba totalmente segura de que ayer no me había golpeado con nada, y estas cosas no aparecen así como así. Pero ahora mismo estaba demasiado aterrada como para pensar cómo demonios una cicatriz de una puñalada te puede aparecer en el vientre, cuando, minutos antes has soñado que te clavan un cuchillo. Y si alguien veía la cicatriz fingiría que me había hecho un arañazo. Pero uno muy ancho. Y profundo.
Olvidándome de todo, miré el despertador. Quedaban unos minutos antes de que sonara. Seguí dándole vueltas al asunto del sueño. La cicatriz era imposible que me hubiera aparecido así por las buenas, pero ya no sabía que creer, puesto que durante toda la semana había soñado cosas inexplicables y que se hacían realidad. El lunes soñé que un engranaje de cobre se partía en dos. Al día siguiente, Chapas de Cobre Viejo, un club al que solía ir con Beth, cerró por quiebra. El jueves en cambio, vi como un espejo con un corazón pintando con pintalabios negro se partía en pequeños trozos. ¿Consecuencia? Mi profesor de interpretación tuvo un paro cardiaco. Y hoy, viernes, sueño que me clavaban un puñal en el vientre. No sé vosotros, pero había decidido interpretar eso de forma literal y estar alerta para el resto del día. Si al final de la jornada había sobrevivido, mi “poder” sólo sería una mera coincidencia por los acontecimientos pasados durante la semana. Esperaba que simplemente fuera eso.
Lo que sí que me estaba poniendo los pelos de punta era que al principio de cada “premonición”, por así decirlo, soñaba siempre con la misma escena de los dos chicos cogidos de la mano paseando por la playa. No sabía lo que significaba, puesto que en mi curso no había ningún chico pelirrojo, ni tan siquiera en toda la ciudad de Rover. Puede que nuestra pequeña Rover no fuera muy grande, pero tampoco era como el Gatlin de Las Crónicas Caster. En Rover todo el mundo conocía a todo el mundo. Sabías qué calles eran frecuentadas por qué personas, y así podías evitar o elegir por las que pasar. Si te encontrabas con alguien, este te conocía o tú le conocías a él. Si un cotilleo aparecía en la ciudad, se extendía más rápido que la pólvora, más rápido incluso que en mi instituto, el anticuado y destrozado Jeffrey Wilson.
Lo malo de la pequeña ciudad en la que vivía era que no todo el mundo convivía con los vecinos. Rover tenía dos centros, según a quién preguntaras. Por ejemplo, si preguntabas a la señora Astor, esta te contestaría sin rodeos que estaba en la iglesia local. Si preguntabas a cualquier chico de quince años te decía que estaba en la torre de plata. Llamaban así al edifico de acero construido en mitad de Rover, que brillaba como si estuviera construido de plata cuando le daba el sol en verano. Era un edificio de pisos en el que había, mayormente, oficinas de empresas importantes o cosas así, pero en el sótano habían montado un club llamado Éxtasis de la Noche muy frecuentado y muy exclusivo (aunque si lo hicieran más exclusivo nadie entraría en el club). Yo vivía en ese edificio, en una de las plantas más altas, y desde mi cuarto se podía ver toda la ciudad. El otro centro se trataba de la iglesia de Rover, que estaba construida en el extrarradio, rodeada de casitas y pequeñas tiendas como las de Hugh Blacksmith, un tipo odioso propietario de una pescadería, frutería y carnicería que trataba de hacerle competencia a un supermercado que se construyó en frente de sus pequeñas tiendecitas. Otra muy famosa por ser la única tienda de ropa de la zona “creyente” por así llamarla, era el taller de Jezebell, una ancianita encantadora que conseguía hacer milagros con los hilos, arreglado incluso desgarrones del tamaño de una mano.
Las casas que rodeaban a la iglesia eran antiguas, en su mayoría hechas de madera. Beth, mi mejor amiga, tuvo la mala suerte de vivir ahí, y su casa se caía a pedazos después de cada vendaval. La gente reparaba los destrozos como podía, pero la mayoría se terminaba mudando a algún apartamento del centro, para el gran en fado del Reverendo Porter, que iba perdiendo más gente que asistía a su misa dominical. De establecimientos no andaban mal: una tienda de segunda mano, bares pequeños, restaurantes de comida rápida, cafeterías baratas con comida de calidad cuestionable y si sabías por dónde moverte, tiendas que venden artículos de decoración para el hogar. Por el centro, en cambio, empezabas a ver cosas más... modernas: un Starbucks por aquí, un McDonalds por allá, tiendas de ropa de marca, papelerías, restaurantes caros, bares modernos y supermercados con comida en buen estado. También había una biblioteca que tenía bastantes más libros de los que me esperaba que tuviera, un centro cultural en el que daban clases de teatro, dibujo, baile y una academia de música un poco flojilla. Mi hermana mayor Kathleen hizo allí los cinco años que te dejan estar y, como le gustó tanto, se apuntó para las pruebas en el conservatorio de Manor City, una de las ciudades colindantes con Rover, mucho más grande y bulliciosa. Yo no es que odiara Rover, pero desde que nos mudamos, echo cada vez más de menos Londres. Lo que tengo pensado es terminar aquí el instituto y en cuanto pueda, marcharme a Londres a estudiar teatro y, tal vez, si tengo suerte, puede que me presente a Juilliard.
Un pitido proveniente de la mesilla me sobresaltó. El despertador había sonado, y yo todavía no sabía quién podía ser ese chico misterioso. Bueno, que le iba a hacer. Subí las persianas, observando cómo mi habitación se llenaba de luz a cada tirón que daba. Las paredes se volvían de color azul celeste, las fotos de mis amigos se iluminaban, la luz rebotaba en las estanterías de madera blanca, como el resto del mobiliario, llenas de libros y vinilos, los armarios, que tenían un cristal en la puerta que daba a ver un montón de ropa de colores, brillaban ligeramente, el espejo de cuerpo entero reflejaba la luz, cegándome los ojos y el dosel de mi cama de madera blanca emitía pequeños destellos de luz azul, provocados por las cuentas diminutas cosidas con sumo cuidado en la fina tela blanca, que contrastaba con la funda del edredón azul eléctrico de la cama, simulando una especie de ola. Me encantaba mi cuarto, aunque me habría encantado pintarlo de muchos colores. Me relajaba mucho la visión de la habitación. Al fondo de la habitación, al lado de la cama, había una cortina de una tela blanca más opaca que daba a mi baño personal (imaginaos el pedazo apartamento en el que debería de vivir como para que cada uno de nosotros nos pudiéramos permitir tener un baño), que era del mismo color: Azul. 
Me dirigí a los armarios y saqué una camiseta roja con un dibujo de cuatro personas vestidos con ropas steampunk bajo las palabras Fourth Blues, escrito en dorado, una falda de volantes negra y unas medias de redecilla. No parecía que fuera a hacer malo. También cogí, en un momento de inspiración, un cinturón enorme y abrí el zapatero para sacar unas botas militares negras. Me despojé del pijama, me vestí, extendí un poco la colcha de la cama y guardé el pijama bajo la almohada. Corrí la cortina de mi baño y me miré al espejo: Tenía el mismo aspecto de cadáver de siempre, muy útil en Halloween pero muy malo en verano. Piel pálida, ojos plateados, ligeramente rasgados y pelo azabache, que me caía salvaje en unos bucles enormes, pero que ahora estaba cubierto de mechas de todos y cada uno de los colores inimaginables, lo que me daba un aspecto más salvaje del normal. Me recogí el pelo en una coleta alta, dejando caer unos bucles rojos (tenía demasiados) y alguno dorado (tenía demasiados pocos).
Bajé las escaleras a trompicones, hasta dirigirme a la cocina, donde se oía a los informadores de la radio hablar sobre los sucesos ocurridos últimamente:
 “Y tras varios días investigando, la policía sigue sin identificar al asesino de la pequeña de diez años hallada en su cuarto, apuñalada. Este ya es el tercer homicidio que lleva a cabo con el mismo modus operandi que los anteriores asesinatos. Conectamos con Patrick, que se encuentra en la...”
-Maldita sea –oí murmurar a mi madre entre dientes mientras apagaba la radio-. Estúpidos periodistas. Si te dicen “apártate”, no hagas lo contrario. Puedes llevarte un balazo por error.
-¿Buenos días? –dije apareciendo por la puerta.
-Hola cariño –dijo mi madre mientras me daba un beso en la frente.
-Que hay Teph –me saludó mi hermano Will.
Le pegué un suave puñetazo en el hombro a modo de respuesta. Mi hermano Will y yo no nos parecíamos en nada: Mientras que yo parecía sacada de la película de La Novia Cadáver, el parecía un surfero de California: Pelo rubio, ojos azul oscuro, piel ligeramente morena, musculoso, fuerte y carismático. Él se parecía más a papá y yo más a mamá
-¿Hay novedades? –le pregunté a mi madre mientras me dirigía a la nevera a coger un brick de leche.
-No muchas –resopló mi madre, dejándose caer en la silla con una taza de café humeante entre las manos-. Las víctimas no tenían ninguna relación entre ellas, y no hay nada raro en sus vidas: Marie Laurent tenía diez años y no había roto un plato en su vida, Collin Davies tenía un par de antecedentes por agresiones, pero había cumplido condena y ahora no había hecho nada y Sam Allen era un abogado muy bueno que últimamente no le iba ni bien ni mal, simplemente, ahí estaba.
-Vamos, que el caso va para cerrado –comentó Will.
-Pues algo así –mustió mi madre enterrando la cabeza entre las manos. El teléfono empezó a sonar, y ella salió disparada para cogerlo. Seguramente fuera de la comisaría.
Oímos a mi madre discutir con alguien y de fondo a mi padre maldecir desde su estudio. Otra vez alguien habría vuelto a cagarla con las medidas de los planos, por lo que alcancé a oír.
-¿Cuánto tiempo lleva ahí encerrado? –le pregunté a Will.
-Desde las cinco de la mañana –me dijo mientras se untaba una tostada-. Anoche, cuando volví del concierto, serían las doce y media o así, le oí mordisquear un boli entre los dientes. Creo que tiene entre manos algo importante, porque no me ha dejado ayudarle, aún habiéndome ofrecido más de un millón de veces.
-Ya verás como tendremos que quedarnos en Rover –resoplé-. ¡Adiós Londres!
-Guarda esperanza Teph, es lo único que podemos hacer –me contestó Will mientras engullía su tostada.
Desayunamos en silencio, mientras oíamos a mi madre gritarle a alguien por el teléfono, y cuando ella dejaba de hacerlo, a mi padre maldecir. Estaban en una época de estrés: Mi madre con un lío tremendo en la comisaría por el triple asesinato, y sin ningún sospechoso y mi padre con un trabajo supersecreto que lleva ya varias cagadas.
Metí los platos en el lavavajillas y subí las escaleras, escuchando cómo mis padres lanzaban maldiciones a diestro y siniestro. Cuando llegué a mi cuarto, cerré la puerta y me apoyé en ella. Me dirigí a uno de los armarios, y con cuidado saqué un vinilo de Fourth Blues de funda azul con filigranas plateadas y moradas en la que ponía The Magician  con una caligrafía muy lograda. Abrí la funda, saqué el LP y lo deposité en el tocadiscos. Con suavidad posé la aguja en una parte del disco y la música tapó todos los ruidos de la casa. Mejor. La música era para mí como entrar en un mundo alternativo. Mi mundo alternativo. Deambulando por mi desordenado cuarto, cogí mi andrajosa y raída mochila, la llené con los libros necesarios y entré en el baño. Abrí uno de los armarios y saqué una barra de labios rojo mate, lápiz de ojos negro y una sombra de ojos dorada. Cuando terminé, parecía que iba a una fiesta o algún tipo de concierto. Los bucles sueltos me hacían cosquillas en la cara. Sonreí. Creo que por un momento dejé de parecer un cadáver. Salí por la puerta del baño, quité con delicadeza el vinilo, lo guardé en su funda y salí por la puerta, no sin antes haber cogido el iPod y ponerme los cascos en los oídos.
Bajé de nuevo las escaleras, algo más tranquila por no oír a mi padre maldecir y mi madre había dejado de hablar por el teléfono. Ahora estaba con la mirada perdida en la cocina con un bote de galletas delante de ella. No me acerqué a ella, por miedo a que la tomara conmigo. Sólo cogí una bolsa de plástico transparente con la comida de hoy, me despedí de mi madre con un “hasta luego”, cogí las llaves y salí de casa, aún con los cascos del iPod en los oídos. I’ve been walking in the same ways, cantaba Adele. He estado caminando en las mismas direcciones, repetía yo en mi cabeza.
Llamé al ascensor y pulsé el botón del vestíbulo. Cuando llegué al hall, vi a través de la puerta el pequeño Ford azul de Will. Salí a la calle.
-¿Te llevo algún lado forastera? –me preguntó mi hermano por encima del ruido del motor.
-No grites tanto, no quiero que sepan que eres mi hermano –le dije en tono de broma mientras entraba en el coche.
-¡Oh! Me ofendes Teph, ya no podré confiar en ti –dijo con una pose teatral.
-Venga, arranca –le corté abrochándome el cinturón.
Will pisó el acelerador y nos dirigimos al instituto. Mientras, yo le seguía dando vueltas al asunto de la cicatriz. Daba escalofríos. Aparté el pensamiento de mi mente y saqué un libro del fondo de mi mochila, pero en cuanto intenté leer un par de líneas, lo cerré y lo apoyé en mi regazo. No me apetecía leer.
-¿Te pasa algo? –me preguntó Will.
-¿Hum? –mustié yo distraída.
-Cómo no vas leyendo –comentó mi hermano.
-Es que no sé qué puede pasar con los asesinatos –dije mientras me apoyaba en el salpicadero y enterraba la cabeza entre las manos-. Absorbiendo toda la energía de mamá. Y lo mismo con el proyecto de papá.
-Si, la verdad es que no sé que tiene de importante –asintió Will-. Vale que el caso de mamá sea difícil, pero sabes que la hemos visto en situaciones peores.
Era cierto. Una vez, robaron en una tienda de Rover, y al dueño le pegaron un balazo. Estuvieron investigando durante meses, puesto que había un montón de sospechosos. Nuestra madre se pasaba las noches en vela delante del expediente del caso sin que nada se le ocurriera. Al final, resultó ser que el propio dueño de la tienda había fingido su propio robo en la tienda y así cobrar el seguro. Para rematarlo se había pegado un tiro para fingir que le habían disparado, pero la cagó y se desangró antes de que llegaran los de emergencias.
-¿No le has echado un ojo al plano del proyecto? –le pregunté a Will levantando la vista.
-Lo llevo intentando durante toda la semana, pero papá no se separa del maldito plano –suspiró mi hermano-. Creo que incluso se baña con él.
Una fugaz imagen de mi padre duchándose en el baño, lanzándole miradas furtivas al tubo dónde guardaba el plano, apoyado en la pared del baño. Sonreí.
-Tal vez debamos esperar a ver cómo evoluciona el caso de mamá, y seguro que papá terminará tarde o temprano el proyecto de papá estará finalizado, ya lo verás –me consoló Will.
-Eso espero –murmuré.
Mi madre, luchadora y fuerte, que entró en el cuerpo de policía antes de que ella y mi padre se conocieran. Era una versión segura y valiente de mí: pelo azabache y ojos plata. Piel pálida, casi blanca, y sonrisa fácil.
Y mi padre, paciente y seguro, llevaba trabajando en la arquitectura desde muy joven, que conoció a mi madre porque le detuvo por error. El era como Will (pelo rubio y ojos azules oscuros), aunque algo más paciente, y no era normal que perdiera los nervios por un proyecto. Detallista, cuidadoso y simpático.
No sé lo que le pasaba a ninguno de los dos, pero no estaba segura que Will tuviera razón. Nunca les había visto así.

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